En la segunda mitad del siglo XX explotó, en muchas naciones, en casi todas las denominaciones cristianas, prácticamente al mismo tiempo, un movimiento del Espíritu Santo, un movimiento de renovación y restauración de la Iglesia. De renovación, porque produjo una nueva frescura en la comunión y las expresiones de amor entre los santos, una mayor libertad y profundidad en el culto a Dios, la vivencia de un cristianismo práctico en la experiencia cotidiana, un énfasis gozoso y equilibrado en los dones y las manifestaciones del Espíritu. De restauración, porque antiguas verdades de la Palabra de Dios, olvidadas o adormecidas en el tiempo, fueron otra vez iluminadas. La Iglesia Primitiva fue un modelo a observar y a imitar. En ese contexto, el Reino de Dios, o sea el gobierno de Dios en las vidas de las personas y de la Iglesia fue el eje central de esta restauración de la verdad. También fue un punto vital el redescubrimiento del Propósito Eterno de Dios: "Una familia de muchos...
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